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Las fuerzas transformadoras deben abandonar la distinción entre lo social y político

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Rosario Carvajal dirigenta del Barrio Yungay y la Asociación de Zonas y Barrios Patrimoniales, candidata a concejal por Santiago.
 
 
Los espacios organizativos deben continuamente cuestionarse, observar sus prácticas internas y su relación con el poder, ante la constante resistencia que se genera con las dinámicas hegemónicas.

Rosario Carvajal

N o comenzamos preguntándonos por el poder; a los vecinos de Yungay nos molestó la basura. Algo tan simple como la acumulación de basura en nuestras calles y veredas, derivada de la negligencia de nuestras autoridades locales, encendió una rabia y generó organización en nuestro barrio. Y es que algo tan simple como la basura ponía en cuestión nuestra calidad de vida, violentaba nuestros espacios, y nos ahuyentaba de ellos, finalmente reduciendo, aún más, el espacio público.

Así, nuestra reflexión comenzó preguntándonos por cómo incidir con nuestra organización en estos problemas vinculados al habitar, y pasamos de la reacción instintiva de protesta y resistencia, a la propuesta. Nos articulamos para modificar el Plan Regulador Comunal, y en ese tránsito vimos cómo en la ciudad y en nuestros barrios primaban lógicas gremiales, donde no había información ni participación. Vimos que la forma de relación con la ciudadanía que impulsaban y generaban los gobiernos de la Concertación se basaba en lógicas autoritarias, donde se privilegiaba la mantención de relaciones clientelares, cooptando dirigencias y marginando a los grupos más críticos.

No comulgamos con estas dinámicas que se volvieron una traba para el desarrollo de nuestras luchas y la construcción de nuestros proyectos. Se nos volvió aún más explícita la necesidad de articular organización propia para poder incidir; una que configurara formas distintas de relacionarse, y convocando a la variedad de actores que habitan y construyen cotidianamente la comuna de Santiago. En este escenario, levantamos una nueva Junta de Vecinos (JJVV), espacio que cristalizó la organización barrial que ya habíamos construido, y sirvió como instrumento que canalizara nuestras demandas y propuestas.

La generación de formas distintas de organización implica un esfuerzo y lucha constante, en tanto las dinámicas clientelares persisten y la elite gobernante las reproduce y fortalece. Los espacios organizativos deben continuamente cuestionarse, observar sus prácticas internas y su relación con el poder, ante la constante resistencia que se genera con las dinámicas hegemónicas.

La JJVV implicó para nosotros poder dar curso a luchas propias, levantadas y conducidas desde los vecinos, como la intervención en la plaza Yungay. Empezamos así a construir distintas plataformas, que nos permitieron estructurar los proyectos y facilitar la coordinación y orgánica entre los vecinos. La vida de barrio adquirió una densidad particular a través de estos espacios, que permitían organizarnos y visibilizar nuestras ideas. Hemos constatado que las JJVV, a pesar de los efectos que tuvo la dictadura sobre la organización territorial, se constituyen como un referente; al constituirse como las organizaciones más próximas a nivel espacial, adquieren una jerarquía especial para la vida cotidiana de los vecinos.

Lo relevante consiste ya en el ejercicio de disputa por el poder, desdibujando a esta escala la distinción entre lo político y lo social. La práctica cotidiana, el trabajo en el territorio, nos ha hecho ver la necesidad de darle organicidad a nuestros proyectos y disputar los espacios de poder. La historia nos ha probado que fue un fracaso traspasar nuestras demandas a actores externos, por lo que nos convocamos a ser nuestros propios representantes y eliminar la suplantación.

Y así emergió la pregunta por el poder. Las fuerzas transformadoras deben abandonar esa distinción entre lo social y político, participar de las elecciones y disputar los cargos, aparecer ante la ciudadanía. Desde las organizaciones sociales ha existido un pudor en constituirse como actor político porque se ha criticado la configuración tradicional de las fuerzas políticas. Pero debemos vencer esos miedos y dicotomías desmovilizadoras y constituirnos en nuevas fuerzas, tremendo desafío que requiere nuevas estrategias.

No hay mejores condiciones que las de hoy, ante la crisis de legitimidad de los partidos y los gobernantes que no representan a nadie. La sociedad civil nos estamos organizando cada vez más en torno a distintas temáticas, manifestando los problemas del modelo y explicitando nuestra voluntad de construir otra sociedad.

Nosotros tenemos que ser una alternativa independiente de la Nueva Mayoría. Donde propongamos modos alternativos de organizarnos y de relacionarnos, en torno a una gestión social del patrimonio, a los movimiento de pobladores, a la vida de barrio, a la autogestión. Los compromisos programáticos nadie los podrá representar mejor que nosotros mismos, por lo que estamos llamados a emerger como actores políticos. Ante la ausencia, omisión o cooptación del Estado, somos los ciudadanos los que tenemos que entrar a disputar y construir.

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