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El lugar del trabajo en la nueva Constitución

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Las condiciones sociales y políticas que habían antes del estallido nos llevaban, a la hora de hablar del derecho laboral, a un excesivo conformismo o pragmatismo. A pensar cada una de sus posibles modificaciones de manera muy modesta. Sin embargo, desde octubre y con el proceso constituyente en marcha se abre un nuevo escenario sin las limitaciones de la política en la medida de lo posible.

Nicolás Valenzuela Paterakis

 
 
El trabajo es un espacio colectivo, social y comunitario y por lo mismo, allí podemos explotar virtudes y desarrollar un comportamiento ético, poniendo el compromiso, la solidaridad y la colaboración como cimientos de una nueva sociedad.

Nicolás Valenzuela Paterakis

N uestra historia dice que este tipo de procesos ocurren, más menos, cada cien años, así que bien vale aprovechar el momento, pues con las preguntas, reflexiones y decisiones del presente se forjará la vida futura. Sería un error caer inmediatamente en tecnicismos sin antes habernos hecho y respondido cuestiones más elementales.

 ¿Cuál es el lugar que queremos/debemos darle al trabajo y por ende a quienes trabajan, en la nueva Constitución? A propósito del alcance que le demos a esta respuesta deberíamos iniciar el proceso regulatorio de los derechos laborales y otros relacionados.

 La importancia del trabajo

 El trabajo no asoma como uno de los temas que más interés genere. Aparece detrás de los “derechos sociales”, el “medio ambiente”, el agua, el cobre, el litio, la regulación a la propiedad, entre otros. En las constituciones no es un tema extensamente tratado y aparece solo de manera adjetiva. Entonces ¿Cabría darle tanto protagonismo al trabajo?

 En primer lugar, es lo que hacemos para vivir y nos ocupa un tercio -o más- de nuestro tiempo diario, lo cual ya es bastante decir. Todo lo que vestimos, comemos, nos entretiene, nos cuida y nos sana es trabajo. Éste responde a nuestras necesidades e intereses y por medio de éstos cada uno de nosotros nos relacionamos con el resto de la sociedad. Por lo tanto, es mucho más que una obligación que nos permita acceder a un salario de subsistencia, es uno de los pilares fundamentales de la vida en común y de nuestra realización personal. De ahí que pueda decirse que, en el diálogo, la comunión y la armonía de sus diversas formas está la clave del buen vivir.

 Lamentablemente, hoy no está organizado de esta manera y, más que un alivio, el trabajo puede ser un tormento por el gran esfuerzo que demanda y la mala retribución que se obtiene. Sin embargo, hay tanto trabajo, tanto conocimiento acumulado y tanta tecnología en el mundo que si se organiza de manera eficiente podremos encontrar las respuestas no solo a los derechos laborales sino que a muchos de los grandes problemas y necesidades del presente, dándonos cuenta que entre todos ellos existe una íntima y estrecha relación.

 La solución está frente a nuestras narices, pero no la vemos porque estamos demasiado inmersos en la “normalidad”. Si tratamos cada tema por separado, cada uno pensando en su trinchera, probablemente terminemos en un lugar muy parecido al que nos encontramos ahora. También podría pasar que llegáramos a una Constitución con una buena declaración de intenciones, o mínima como le gusta decir a algunos, pero con poca aplicación. Necesitamos pensar, más allá del texto Constitucional y la nueva legalidad, una nueva realidad que comprenda todas, o la mayor cantidad de dimensiones de la vida. Y en esa búsqueda, el trabajo, por lo dicho, es un denominador común.

 El trabajo y quienes trabajan en la nueva Constitución

 Privilegiando la vida y el trabajo en nuestra Constitución, llegaremos a varias conclusiones que pueden modificar bastante la manera en la que entendemos la situación:

 •   El trabajo es fruto de una necesidad social y es un medio para la realización personal y colectiva. Por eso se debe proteger y garantizar.

 •   Reconocer que la riqueza la producen quienes trabajan y por lo tanto no corresponde que un pequeño grupo se apropie de ésta. Ni a escala local, nacional o internacional. Los intercambios comerciales deben priorizar aquellos pueblos y naciones que privilegian, también, a sus trabajadores.

 •    El trabajo es un espacio colectivo, social y comunitario y por lo mismo, allí podemos explotar virtudes y desarrollar un comportamiento ético, poniendo el compromiso, la solidaridad y la colaboración como cimientos de una nueva sociedad.

 •    El trabajo responde a una necesidad social y el producto obtenido por el trabajo, si es cuantioso, debe distribuirse socialmente. De esta manera, podemos avanzar en nuevas regulaciones sobre la propiedad colectiva y comunitaria, de participación de trabajadores en la administración y toma de decisiones de la producción y la empresa. En promover impuestos que castiguen esa apropiación privada y su sucesión hereditaria, y no el gasto de las familias para la subsistencia (IVA). Y que para los casos donde sigue predominando el trabajo bajo la lógica de apropiación privada de lo colectivo, quienes trabajen deben contar con un derecho efectivo y directo a la sindicalización, la huelga y la negociación colectiva para hacer valer sus reivindicaciones.

 •    Podemos generar, de manera ecológica, excedentes y no escasez. Y por lo mismo, podemos distribuir socialmente los costos de las enfermedades y los cuidados.

 •    En un mundo marcado por la competencia, el mejoramiento de los procesos en el trabajo y los saltos tecnológicos son necesarios para darle continuidad a las unidades productivas. Conectando con lo anterior, buena parte de los excedentes de la riqueza producida por el trabajo deben estar orientados a asegurar la continuidad de esas unidades.

 •    El trabajo siempre ocurre sobre cuerpos y territorios determinados y, por lo tanto, a esos cuerpos y territorios tenemos que darle una protección atendiendo sus capacidades y necesidades, reconociendo y respetando su historia y cultura. Debemos propender a disminuir las jornadas laborales, a organizar mejor el uso de la tierra y nuestras ciudades para poder vivir más plenamente. Por otra parte, proteger el equilibrio de los ecosistemas es una tarea vital para nuestra subsistencia y la de las demás especies con las que cohabitamos. El ánimo de ganancia particular no puede sobreponerse a este punto crítico y tampoco puede hacerlo la necesidad de buscar riquezas con las que solventar los gastos para las necesidades sociales. El bienestar de una generación no puede hipotecar la subsistencia de las futuras. Debemos tener un sistema de jubilaciones y cuidados cuya prioridad sea el descanso y el bienestar de los trabajadores que han entregado su vida a la sociedad.

 •    Declarar que las labores de cuidado y tareas domésticas son trabajo, dándole el reconocimiento que se merecen. El trabajo requiere ser resignificado de manera amplia y comprender en él todas aquellas labores que hoy en día se encuentran excluidas, por ejemplo, por no ser remuneradas. Este reconocimiento no solo debe ser nominal sino que debe otorgar las prerrogativas de tales a quienes las realizan (seguros contra accidentes, pensión digna, salud, etcétera).

 •    Entender que gran parte de los trabajos son socialmente necesarios, por lo tanto, debemos propender a valorarlos de manera más equitativa.

 •    Asimilar y profundizar las bondades de las ciencias y la tecnología, en pos de un buen vivir con menos carencias y más tiempo libre: evitar los trabajos que arriesguen la integridad física de quienes los realizan y aumentar progresivamente la cantidad de tiempo libre.

 Los desafíos que nos impone la crisis climática, la caída del sistema neoliberal, un mundo multipolar y la pandemia nos llaman a proteger lo realmente importante: la vida -la propia y de las demás especies- y nuestros ecosistemas. En definitiva, algo que desde la imposición del capitalismo feroz se ha vuelto cada vez más difícil: reconocernos y empatizar.

 Qué mejor lugar que el trabajo para comenzar un camino de liberación.

 

 

 

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